13 ago. 2012

CICATRICES DEL AMOR DE CRISTO

Esta pequeña historia sucedió, en el sur de la Florida, durante un día caluroso de verano. Todo comenzó cuando un niño quiso tomarse un chapuzón en una laguna que estaba justo atrás de la casa donde vivía.
El niño nadaba tranquilamente sin percatarse que muy cerca de donde él estaba, un cocodrilo, de los que abundan en el sur de la Florida, había notado su presencia y se le acercaba peligrosamente.

La mamá, que vio al niño salir por la puerta de atrás, se dio cuenta de inmediato del peligro que corría su hijo y aterrorizada por lo que estaba viendo, desesperadamente se dirigió al lugar de la escena gritándole a todo pulmón, que había un cocodrilo muy cerca de él.

El niño comenzó a nadar apuradamente hacia la orilla para evadir el ataque del animal, pero justamente ya casi en la orilla, el cocodrilo lo prendió de sus piernas. Su mamá, que ya estaba en la orilla, logró asirlo de los brazos y aunque la fuerza del animal era muy grande, la fuerza que generaba el amor de la madre lo superó.

Los gritos de dolor y de terror del niño y de su madre fueron escuchados por un vecino que armado de una pistola corrió al lugar donde se libraba la lucha y mató al cocodrilo, ayudando de esa manera a rescatar al niño que, aunque tenía heridas graves y profundas, logró sobrevivir.

Todavía en el hospital y ya fuera de peligro, un periodista llegó a entrevistarlo y le pidió que por favor le mostrara las cicatrices de sus piernas. El niño se quitó la sábana y se las mostró, pero inmediatamente se remangó las mangas de su camisa y lleno de mucho orgullo le dijo al periodista:

-Las cicatrices que usted ve en mis piernas no tienen ninguna importancia si las compara con estas que tengo en mis brazos. Estas son las que mi madre me dejó marcadas con las uñas de sus manos, cuando me agarró de los brazos para salvarme la vida y jamás me soltó, hasta que estuve libre de la boca del cocodrilo.

Nosotros también tenemos las cicatrices que el enemigo nos dejó marcadas en nuestras vidas, mientras estuvimos perdidos y sin salvación, pero también tenemos las cicatrices que nos han dejado los brazos de Cristo, los cuales se abrieron en la cruz del Calvario para abrazarnos, protegernos y sostenernos contra los ataques del enemigo.

VIVAMOS, PUES, ETERNAMENTE AGRADECIDOS POR ESAS CICATRICES DE AMOR CON LAS CUALES CRISTO HA MARCADO NUESTRAS VIDAS !ALELUYA!

¡SALOM-BERAJOT!
 By Juan F. Roa

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