7 sept. 2011

LA CEGUERA ESPIRITUAL DE ALGUNOS


 Todos los días suceden milagros, pero para algunos pasan desapercibidos y no logran ver las maravillas del Creador del Universo, nuestro Señor Jesucristo. Una de las maravillas más grande que podemos ver a diario, es nuestra propia vida que solo la valoramos cuando estamos a punto de perderla, sin embargo, como creyentes que somos, queremos ver milagros que la ciencia llama “fenómenos”, para poder creer.

La anécdota de hoy comienza con tres personas que iban caminando por una vereda de un bosque; estos eran: Un Anciano Siervo de Dios, con fama de hacer milagros, un hombre rico y poderoso y, un poco atrás de ellos y escuchando la conversación, iba un joven estudiante alumno del Siervo de Dios.

Fue entonces cuando el poderoso dirigiéndose al Siervo de Dios dijo: — Me han dicho en el pueblo que eres una persona muy poderosa y que inclusive puedes hacer milagros.

El Siervo de Dios le respondió: —Soy una persona vieja y cansada. ¿Cómo crees que yo podría hacer milagros?

El hombre rico y poderoso volvió a decir: —Me han dicho que sanas a los enfermos, haces ver a los ciegos y vuelves cuerdos a los locos, esos milagros sólo los puede hacer alguien muy poderoso.

Contesto el anciano: --¿Te referías a eso? Tú lo has dicho, esos milagros solo los puede hacer alguien muy poderoso, no un viejo como yo. Esos milagros los hace Dios, yo solo pido se conceda un favor para el enfermo, o para el ciego, y todo el que tenga la fe suficiente en Dios puede hacer lo mismo.

Entonces dijo el hombre rico: —Yo quiero tener la misma fe para poder realizar los milagros que haces. Muéstrame un milagro para poder creer en tu Dios.

Ante la insistencia de aquél hombre poderoso, el Sabio aceptó mostrarle tres milagros. Y así, con la mirada serena y sin hacer ningún movimiento le preguntó: —¿Esta mañana volvió a salir el sol?

El hombre rico le respondió: --Sí, claro que sí. --El anciano muy paciente le respondió: -Pues ahí tienes un milagro, el milagro de la luz, pero el rico le dijo: — No, yo quiero ver un verdadero milagro, oculta el sol, saca agua de una piedra, mira, hay un conejo herido junto a la vereda, tócalo y sana sus heridas.

Dijo el anciano: —¿Quieres un verdadero milagro? No es verdad que tu esposa acaba de dar a luz hace algunos días? Dijo el rico: —¡Sí! Fue varón y es mi primogénito.
El anciano le quiso mostrar otro milagro diciéndole: —Ahí tienes el segundo milagro, el milagro de la vida.

El hombre rico casi fuera de sí, insistió diciendo: —Tú no me entiendes, quiero ver un verdadero milagro. Volvió el Siervo de Dios a mostrarle otra de las maravillas que hace dios diciéndolo: —¿Acaso no estamos en época de cosecha? No hay trigo y sorgo donde hace unos meses solo había tierra? Trigo que te alimentará a ti y a los tuyos y a muchas otras personas.

El rico simplemente le dijo: --Sí, igual que todos los años. Nuevamente el Anciano le dijo: --Pues ahí tienes el tercer milagro. A estas altura de la conversación, el hombre rico en forma iracunda le dijo al Siervo de dios: —Creo que no me he explicado. Lo que yo quiero…

Sus palabras fueron cortadas por el anciano, quien convencido de la obstinación de aquel hombre y seguro de no poder hacerle comprender la maravilla que existe en todo aquello que le había mostrado señaló: —Te has explicado bien, ya hice todo lo que podía hacer por ti. Si lo que encontraste no es lo que buscabas, lamento desilusionarte, he hecho todo lo que podía hacer.

Dicho esto, el poderoso terrateniente se retiró muy desilusionado por no haber encontrado lo que buscaba. El Anciano Siervo de Dios, y su alumno se quedaron parados en la vereda.

Cuando el poderoso terrateniente iba muy lejos como para ver lo que hacían el maestro y sus discípulo, el Siervo de Dios se dirigió a la orilla de la vereda, tomó al conejo, sopló sobre él y sus heridas quedaron curadas; el joven estaba algo desconcertado y le dijo: —Maestro te he visto hacer milagros como este casi todos los días, ¿Por qué te negaste a mostrarle uno al caballero? ¿Por qué lo haces ahora que no puede verlo?

El maestro le respondió a su discípulo: —Lo que él buscaba no era un milagro, sino un espectáculo. Le mostré tres milagros y no pudo verlos. Para ser rey primero hay que ser príncipe, para ser maestro primero hay que ser alumno, no puedes pedir grandes milagros si no has aprendido a valorar los pequeños milagros que se te muestran día a día.

El día que aprendas a reconocer a Dios en todas las pequeñas cosas que ocurren en tu vida, ese día comprenderás que no necesitas más milagros que los que Dios te da todos los días sin que se los hayas pedido. ¡Es lo ricos que podemos llegar a ser!

!La Paz de Cristo!
 

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